
A raíz del perfil que publiqué aquí el sábado pasado sobre Julio Scherer Ibarra, recibí un par de invitaciones para ser entrevistado en la radio. Decliné. Lo que tenía que decir sobre el personaje (al menos por ahora: siempre hay información relevante que se queda en el tintero) ya está publicado.
Hice ese perfil íntimo porque Scherer Ibarra fue el segundo hombre más poderoso del país en buena parte del sexenio pasado y, según documenté, se le imputan acusaciones graves desde el ejercicio de ese poder desmesurado que tenía, alegatos similares a los que se le hicieron años antes, cuando trabajó en el sector privado y salió impune, un comportamiento que, en mi opinión, se ajusta a la personalidad abusiva que le conocí desde chico.
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Además de plasmar la información dura del día a día, el principal objetivo del periodismo consiste en develar los excesos perpetrados por quienes ostentan el poder, se trate de quien se trate, tal como lo planteé hace una semana. Y ahí, en medio de ese deber, si es necesario exponer lo privado públicamente porque se vincula con actos que presuntamente pueden ser constitutivos de delitos, se hace. Omitir información de esa índole es una especie de complicidad incompatible con la misión social (perdón por el concepto medio demagógico) consustancial a la labor periodística.
Eso es todo, en cuanto a lo que concierne a Scherer Ibarra, cuyo libro Jesús Silva-Herzog Márquez sintetizó diestramente –como siempre– con este encabezado: “Confesiones de un coyote”. Confesiones de un coyote en las cuales Julio dibuja a su hermano político (AMLO) como un tipo mediocre, inepto, casi salvaje, mesiánico, ineficiente y peligroso… al que él sirvió casi con devoción. Lo que nunca se dio cuenta Julio es que, al estar dictando todo lo que peroraba y despotricaba, realmente yacía frente a un espejo, trazando su propio retrato hablado.
Ahora unas líneas sobre el tercer hombre más poderoso de Palacio Nacional en el sexenio pasado (luego de AMLO y Julio) y, por lo visto, también en este gobierno: el exvocero Jesús Ramírez Cuevas, hoy coordinador de asesores de la Presidenta de la República. Julio chico le hace imputaciones muy duras: lo acusa, básicamente, de ser un presunto criminal. “Si tiene pruebas, que las presente”, telegrafían desde Palacio Nacional.
Perdón, pero las democracias no funcionan así. ¿Acaso no inhibe a cualquier funcionario el puesto de Ramírez Cuevas, que es como el de un vicepresidente? Sí, que Julio presente las evidencias, pero Jesús debería retirarse de su cargo y permitir con ello una investigación profunda de la FGR, suponiendo sin conceder que la fiscal no es carnal y que, ante los indicios que representa una testimonial como la que hizo Julio chico, se abrirá una indagatoria con fiscales que no aceptan charolazos ni carpetazos.
Si la Presidenta deja a Ramírez Cuevas en su puesto, representará un desplante como los que tenían las camarillas priistas y panistas, que se encubrían unos a otros sin rubor alguno.
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Dice Claudia Sheinbaum que no va a leer el libro de Scherer Ibarra. Ok, que no lo lea, es su derecho, pero que alguien le imprima todo lo que concierne a las imputaciones contra su asesor y que su Consejería Jurídica las ponga a la vista de la FGR para que esta llame a declarar al acusador y empiece a pesquisar.
Lo de Jesús, que era titiritero en las mañaneras donde sembraba personajes y preguntas y generaba propaganda tipo infodemia, ya es anecdótico, aunque lo siga haciendo. No sé si se han percatado en Palacio Nacional, pero lo realmente relevante para este gobierno en 2026 es aclarar y esclarecer (que no es lo mismo) lo del pestilente ventilador julioscheriano: todo lo que suene a delito o tráfico de influencias debe ser investigado con rigor e imparcialidad, o podría ser constitutivo, me dicen penalistas, de un encubrimiento criminal, lo cual querría decir –perdón, Presidenta– que se subieron a un ladrillo y ya se marearon.
Recuerden la cita de su exlíder: el estercolero no aclarado, mancha. Y apesta, en sus cuatro acepciones.


