
A veces, los gestos más cotidianos son los que esconden las historias más fascinantes y, en este caso, un tanto peligrosas. El saludo de mano es algo que hacemos casi por instinto al conocer a alguien, una respuesta automática que hemos integrado en nuestro lenguaje corporal moderno sin cuestionar su utilidad original. Sin embargo, no siempre fue una señal de amabilidad o un cierre de negocios; en sus inicios, era una medida de seguridad extrema que podía determinar si salías vivo de un encuentro.
Vivimos en una era donde la tecnología dicta nuestras interacciones, pero seguimos arrastrando rituales que tienen miles de años. Es curioso pensar que, mientras desbloqueamos el móvil con la cara, seguimos usando un método de inspección física rudimentario para decir “hola”. Este gesto es una de las herencias más directas de un pasado donde la desconfianza era la norma y la violencia una posibilidad constante en cada esquina.
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Para entender por qué extendemos la extremidad derecha y no la izquierda, o por qué aplicamos cierta fuerza, debemos viajar a una época donde las leyes no se escribían en papel, sino con el filo de una navaja. Lo que hoy es etiqueta social, ayer fue un pacto de paz temporal entre dos personas que, muy probablemente, no se fiaban ni de su propia sombra. Es el recordatorio de que, en el fondo, seguimos siendo seres que buscan seguridad en el contacto físico.
UN RITUAL DE SEGURIDAD PARA SOBREVIVIR AL ENCUENTRO
El uso de la mano derecha para saludar no es una casualidad estadística. En la antigüedad, la gran mayoría de los guerreros y ciudadanos eran diestros, lo que significaba que esa era la mano encargada de empuñar la espada, el puñal o la lanza. Al extender la mano abierta y vacía, el individuo le estaba enviando un mensaje visual clarísimo a su interlocutor: no tengo intención de atacarte porque mi herramienta de combate no está disponible.
Pero el protocolo no terminaba con solo mostrar la palma; de ahí surge el movimiento de “sacudir” o agitar las manos. Esta técnica tenía un propósito práctico de detección de armas. Al mover el brazo de arriba abajo con firmeza, cualquier daga, estilete o arma pequeña que estuviera escondida en la manga del oponente caería por la gravedad. Si la sacudida no revelaba ningún objeto metálico chocando contra el suelo, entonces, y solo entonces, la conversación podía proceder con relativa calma.
Este mecanismo de defensa se convirtió en la base de la confianza mutua. Al sujetar la mano del otro, ambos quedaban temporalmente “bloqueados” o incapacitados para sacar un arma de forma rápida. Era, en esencia, un desarme bilateral pactado. Aunque hoy lo vemos como un gesto de unión, en su origen era un método para neutralizar la capacidad de ataque del prójimo mientras duraba el intercambio de palabras.
DE LA DESCONFIANZA PRAGMÁTICA A LA DEMOCRACIA SOCIAL
Con el paso de los siglos, el apretón de manos evolucionó de ser una inspección de seguridad a un símbolo de igualdad. Durante la Edad Media, los caballeros mantenían este protocolo para evitar traiciones, pero fue en el siglo XVII cuando el gesto tomó un giro más social gracias a los Cuáqueros. Ellos buscaban una alternativa a las reverencias y el acto de quitarse el sombrero, ya que consideraban que esos gestos marcaban jerarquías innecesarias entre las personas.
Para este grupo religioso, el saludo de mano representaba que todos los hombres eran iguales ante la ley y ante Dios. Fue así como la historia del saludo se transformó en una herramienta de democratización. Lo que empezó como un “no me mates” terminó siendo un “estamos al mismo nivel”. Esta transición es vital para entender por qué en el mundo de los negocios actual, un apretón firme se valora tanto como una firma en un contrato.
Hoy en día, la psicología del comportamiento humano analiza la firmeza, la duración y la temperatura de la mano al saludar. Aunque ya no tememos que alguien deje caer un puñal de su sudadera, nuestro cerebro primitivo sigue buscando señales de honestidad en ese contacto. Un buen saludo de mano sigue transmitiendo seguridad, transparencia y, sobre todo, la misma promesa que hace siglos: vengo en paz y no tengo nada que ocultar.
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DATOS CURIOSOS SOBRE ESTE GESTO
· Los antiguos griegos llamaban a este gesto “dexiosis”, y se puede ver representado en bajorrelieves del siglo V a.C. como símbolo de hospitalidad.
· En algunas culturas, como la japonesa, el contacto físico es menor y se prefiere la reverencia, manteniendo una distancia de seguridad que cumple una función similar.
· Durante las plagas históricas y la reciente pandemia de 2020, el saludo de mano fue sustituido por el choque de codos para evitar la propagación de gérmenes.
· Existe una regla no escrita en el protocolo internacional: quien tiene mayor jerarquía es quien debe tomar la iniciativa de extender la mano primero.



