
Eso me dijo un militar de alto rango que enfatizaba elocuentemente para dejar claro que estaba indignado y que desde días atrás ya no tenía el menor filtro en la boca: “Ese individuo siniestro, el tal Mencho, para nosotros es Masiosare y hay que neutralizarlo…”, fraseó impertérrito.
– Masiosare… –me le quedé viendo. Lo escruté unos segundos, pero no, no estaba bromeando, no era un juego, no era sarcasmo, así que me abstuve de sonreír. Lo que estaba presenciando era cosa seria. Muy seria. Momentos de sangre y muerte. Instantes de honor. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) se había convertido en el enemigo más abominable para el Alto Mando de la Secretaría de la Defensa Nacional.
TE PUEDE INTERESAR: Jesús Ramírez Cuevas, el titiritero por indagar
– Entiendo (retomé la palabra). Pero, neutralizarlo como detenerlo o cómo… –pregunté sin signos de interrogación.
– Cuando lo tengamos enfrente, si se resiste a la captura, una captura que tendrá sustento de ley, lo abatimos.
– Lo abaten…
– Habrá que abatirlo, sí o sí, porque es un individuo muy violento y peligroso, y no se va a dejar atrapar. Ya lo viste tú…
Ya lo había visto yo.
– Está usted indignado.
Me taladró con la mirada. Yo diría que sí, que mostraba una indignación absoluta, pero sobre todo me parecía que estaba furioso. Casi iracundo, aunque también adolorido. Muy sufriente, tremendamente apesadumbrado. Me lo recordó hace unos días el secretario de la Defensa, el general Ricardo Trevilla Trejo, cuando, en la conferencia mañanera de la Presidenta de la República, dio el pésame a los familiares de los militares caídos en el operativo para atrapar al capo Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, y enseguida se le inundaron los ojos de lágrimas y se le quebró la voz. Segundos después se repuso y dejó en claro, con absoluta firmeza, que neutralizar a “El Mencho” representaba una declaración de principios rotunda: así se demostraba la tremenda fuerza del Estado cuando éste decide disponer de la potestad legal y constitucional que tiene para ejercer el legítimo uso de la violencia contra quienes amenazan la paz, el bienestar y la vida de las y los mexicanos.
Regreso –y por favor vuelva conmigo, lectora-lector– a la tercera semana de mayo del 2015, hace cerca de once años. Es Ciudad de México y estoy desayunando con un militar de alto rango que me ha convidado alimentos y charla, luego de mi reciente cobertura periodística en Jalisco. Unos días atrás, el 1 de mayo de 2015, un Eurocopter Cougar de la Fuerza Aérea Mexicana había sido derribado en Villa Purificación, cuando un grupo de Murciélagos, la élite más destacada del Ejército, intentó capturar al tal Mencho y los suyos. No fue posible: esa mañana, luego de un severo enfrentamiento, un misil ruso de los criminales derribó la aeronave. Nueve militares y una mujer policía federal murieron. Unas horas después de aquel agravio, Carlos Mendoza (camarógrafo), Nacho Reyes (fotoperiodista) y yo fuimos los primeros reporteros en dar con el lugar exacto de la batalla, sitio que el Gobierno Federal mantenía en secreto.
TE PUEDE INTERESAR: Tras operativo contra ‘El Mencho’, 25 siguen hospitalizados; uno está grave, reporta Defensa
Semanas después, al desayunar con aquel mando militar que me brindó su confianza, me quedó claro que tarde o temprano “El Mencho” sería abatido, sí o sí.
¿Qué me parece lo que sucedió? Los criminales extorsionan a mexicanas y mexicanos, los secuestran, los torturan, los decapitan, los destazan, los desaparecen, los asesinan. Provocan calvarios perennes en las madres de los desaparecidos. ¿Qué pienso? Soy, con mucho orgullo, bisnieto de militares. Si se resisten a la captura legal los nuevos enemigos de la patria, perdón, pero, aunque yo me considere de izquierda, liberal y progresista, y sea políticamente incorrecto decirlo, por mí que los neutralicen, que los abatan nuestros soldados. El dilema no es tal: si se trata de que persista su vida criminal o que prevalezca la vida honrosa de nuestros militares, escojo la de los míos sin vacilar. Punto.


