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sábado, febrero 21, 2026

Cenizas

Un momento nomás dura la vida de los hombres (la de las mujeres suele durar un poquitito más). Bien decía aquel antiguo juego de palabras en latín: Homo humus. Fama fumus. Finis cinis. El hombre es tierra. La fama es humo. Al final todo es ceniza. Por eso es necesario de vez en cuando un memento. Esta palabra, también latina, se usa sin cambio en español, y es un imperativo: “memento” quiere decir detente a considerar, medita, recuerda que…

Este año el Miércoles de Ceniza llegó un tanto adelantado. Día penitencial es éste que pasó hace días, inaugurador de la cuaresma. En los pasados tiempos los fieles católicos íbamos a la iglesia., y un sacerdote nos marcaba la frente con una cruz de ceniza al tiempo que nos decía a uno por uno, aunque el interesado fuera niña y tuviera 5 años:

–Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris.

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Esas sombrías palabras significan: “Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás”.

Ahora, como escasean los sacerdotes, la ceniza nos las impone una monjita o algún laico, y nadie nos dice nada ni en latín ni en español ni en otra lengua alguna conocida. Casos he visto de templos en que el párroco sencillamente deja la ceniza en una charola o canastita sobre una mesa, y cada feligrés va y se la pone él mismo. Miércoles de Ceniza do it yourself. En fin, como decía el señor cura García Siller, así anda el mundo y ni modo.

La Iglesia usa la ceniza sólo en dos ocasiones: como símbolo penitencial y en el rito de consagración de un nuevo templo. No sé si todavía exista la costumbre, pero antes las cenizas provenían de la quema de las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. He ahí otro símbolo: las horas felices, la gloria y alabanza que nos tributan los demás, serán también cenizas al final.

Eso de las cenizas no es invención cristiana. Los judíos solían echarse competentes cantidades de ceniza en la cabeza para mostrar dolor o arrepentimiento. También se mesaban las barbas, para cuyo efecto las criaban bien vellidas, pues siempre les ha gustado mucho arrepentirse. Entre los cristianos los grandes pecadores hacían penitencia pública a fin de expiar sus culpas. Salían a la calle vestidos con un ropaje de tela burda, lo cual autorizaba a los vecinos a arrojarles ceniza. Algunos se la arrojaban con todo y olla. Especialmente a las señoras les gustaba arrepentirse públicamente, entre otras cosas porque sus amigas las envidiaban, tanto por los pecados que habían cometido como por ser el centro de atención. “Reina de la Penitencia por un día”, o algo así. Las penitencias se pusieron muy de moda, hasta el punto en que hubo en Europa y el Cercano Oriente una gran escasez de ceniza. Luego, como todas las modas, ésa pasó también.

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Lo mismo está pasando, observé el pasado miércoles, con la piadosa costumbre de llevar ese día un “jesusito” o cruz de ceniza en la frente. Antes nadie dejaba de tomarla –así se decía: “Voy a tomar la ceniza”–, y quien no lucía su cruz era mal visto; se le consideraba hereje o pecador sin redención. Ahora muchos ven eso de la ceniza como cosa del pasado, y el primer miércoles de la cuaresma ya no es lo que era antes.

Todo pasa. Al final nos queda sólo el recuerdo, que luego también se torna olvido. En la frente de mi nostalgia pongo ahora una cruz pequeñita de ceniza, aunque hoy sea sábado, y ya no miércoles. También el recuerdo se convierte en polvo. Lástima.

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