Cultura y Pop: António Lobo Antunes

António Lobo Antunes nació en 1942, en una familia de clase alta portuguesa, durante la dictadura salazarista.

Desde pequeño tuvo claro que quería ser escritor. Sus padres, sin embargo, aunque cultos e interesados por el arte, pensaban que ganarse la vida escribiendo historias no solo no era una buena idea, sino ni siquiera una posibilidad. Así que, llegado el momento de ir a la universidad, cuando Lobo Antunes dijo que quería estudiar Literatura, su padre le contestó: “Muy bien”, y al día siguiente lo inscribió en Medicina.

Lobo Antunes se especializó en psicología porque pensaba que ahí tendría tiempo para escribir y que su material —la locura, los sueños— estaba más cercano a sus intereses. Acudió a las clases con indiferencia, pero, una vez graduado, se descubrió cómodo con sus pacientes, en los que observaba una manera de encarar los acontecimientos basada no en la lógica, sino en los sentimientos y en las emociones, que era lo que él intentaba en sus novelas.

La dureza del día a día, sin embargo, no era romántica, y el aspirante a escritor y su trabajo alimenticio convivieron mal. Pero cuando sus libros empezaron a venderse y por fin se arriesgó a dejar su trabajo —sentía temor de no poder mantener a sus hijas con sus novelas—, siguió acudiendo durante años a escribir al hospital: los originales de muchas de sus novelas están escritos en papel con membrete del Hospital Miguel Bombarda de Lisboa.

Explicado por él, el hospital resultaba un lugar ideal para trabajar. Había silencio, podía comer en el refectorio, rodeado de los empleados del hospital, y de vez en cuando escuchaba historias que enraizaban en él.

Una tarde vio asomarse al cubículo donde estaba escribiendo a una mujer distinguida, sonriente, pero ajena a lo que ocurría alrededor. Un doctor le contó a Lobo Antunes que su novio de juventud la había creído muerta, solo para descubrir, ya casado, que aún vivía. A partir de entonces, y hasta que el hombre falleció en sus brazos, se habían encontrado todos los miércoles en un hotel del centro de Lisboa, sin que ella jamás le pidiera nada más.

Un par de años más tarde, Lobo Antunes publicó Yo he de amar a una piedra. Me pregunto, sin embargo, hasta qué punto usó esa historia para hablar de sí mismo y de su primera esposa. La mujer a la que había escrito todos los días desde el horror de la guerra de Angola —”Soldados jugando al futbol con cabezas”—; la que, recién casados, cuando Lobo Antunes aún no había publicado nada, se apresuraba a recoger los platos de la cena para que pudiera escribir; y a la que Lobo Antunes abandonó cuando comenzaba a ser conocido, poco tiempo después de la Revolución de los Claveles.

”Aún me pregunto por qué. No lo sé, fue el ambiente, fue la época”. La mujer que, sin embargo, “nunca fue mi exmujer, siempre estuvo conmigo”, y que, al verlo llegar al hospital donde agonizaba de cáncer, le dijo: “Sabía que volverías”.

En 2003, en la cúspide de su carrera y mientras escribía esta novela, António Lobo Antunes dio un curso de verano en Santander. La próxima semana escribiré sobre las cosas que contó.

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