Cultura y Pop: El iPad de Hockney

Una de las cosas que distinguieron a David Hockney como artista es que siempre estuvo interesado en cualquier nueva tecnología capaz de producir una imagen.

En la exhibición del Centro Pompidou de 2017, de la cual escribí la semana pasada, había collages hechos con fotografías, decenas de imágenes realizadas con iPads y obras para las cuales Hockney utilizó fotocopiadoras.

Pero la exhibición incluía también una pieza en la que poca gente se detenía más de algunos segundos y que no he podido encontrar ni en el catálogo de la muestra ni en internet. Es como si no hubiera existido o hubiera sido tomada como un entretenimiento de Hockney que no merece mayor atención.

A mí me dejó pensando.

Hockney realizó esta pieza en un iPad. Era dos cosas: el resultado final, la imagen de varios amigos jugando a las cartas —un tema recurrente en su obra—, pero también el proceso para llegar ahí: una animación que reconstruía cómo Hockney había pintado la escena.

El espectador veía desde el primer trazo hasta el último. Cómo, poco a poco, surgían la mesa, las figuras, las posturas y las expresiones conforme Hockney trabajaba. Era evidente cómo, a veces, se concentraba en un aspecto durante un buen rato y, en otras ocasiones, apenas por unos segundos. De pronto cambiaba algo por completo: una figura humana que antes miraba sus cartas con expresión concentrada se transformaba, trazo a trazo, en una figura que miraba a sus amigos mientras reía; y así, hasta llegar a la imagen final.

Cuando estamos frente a una pintura —Los girasoles, La lechera, La Mona Lisa, El grito o La gran ola—, lo que vemos es la obra terminada, jamás el proceso para llegar a ella. Y muchas veces, inconscientemente, cometemos el error de pensar que es exactamente así como el artista la tenía en mente y que solo la trasladó al lienzo.

Pero no. Como esta obra de Hockney permitía atisbar, toda obra conlleva ideas, dudas, decisiones y cambios.

Para mí, este concepto era muy evidente, pero en la literatura. Las buenas novelas dan la impresión de que el autor se sentó y la escribió de un tirón, sin ningún esfuerzo.

Los escritores se ríen de semejante creencia. Cuando uno lee entrevistas en las que hablan de su proceso de escritura, lo que salta a la vista una y otra vez es que trabajan compulsivamente en sus obras y que las novelas no se escriben, sino que se reescriben una, otra y otra vez; escena a escena, capítulo a capítulo, acumulando horas, días, semanas, meses y años, hasta que eventualmente alcanzan una complejidad que sorprende a sus propios autores.

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