
Esther Alejandra, mi amiga, la exprostituta regiomontana, me recetó lo siguiente en una charla, la cual es ya misa reverencial una vez por semana: “Te estoy leyendo, Jesús. Ya vi que estás escribiendo de mí. Eres tremendo. Sigues siendo un caballero. Te respeto. Y respeto tu relación con la muchacha esa, la güera. Mira, no estoy enojada. Pero bueno, tal vez sí. Ahora que te reencontré, estoy a gusto a tu lado platicando, como siempre. Ignoro si todo lo que te cuento valga la pena para un libro, pero al parecer sí es muy entretenido para los lectores. Incluso, me entretienes a mí, ja, ja… Oye, diles a tus lectores que no te quisiste bañar conmigo como lo hacíamos, diles que me tienes miedo y diles que no me orinaste como alguna vez lo hiciste. Bueno, lo hiciste varias veces, ingrato, y a mí me gustó…”.
Caray, ¿qué es ser puro o impuro; qué es ser cochino, pervertido o depravado en el plano sexual; qué es ser normal en el plano sexual? ¿Qué es ser pura o impura? Ya lo sé, ya lo sé. Imagino que usted tiene una pésima imagen de mí por estar contando esta novela en tiempo real y, lo peor o lo mejor, su servidor en la vejez como protagonista involuntario principal. ¡Puf! Ya no puedo ni quiero retroceder. Esta novela camina a pasos de gigante, para decirlo en feliz frase de don Manolo Jiménez Salinas, gobernador de Coahuila.


