
La credibilidad es el único capital de un estadista que no puede recuperarse con dinero, con ejércitos ni con discursos. Un país puede perder una batalla y volver a levantarse. Una economía puede atravesar una crisis y recuperarse. Pero cuando un gobernante pierde la confianza de los demás, comienza a perder el poder más importante de todos: el de que su palabra sea creída.
Eso es, precisamente, lo que hoy ocurre con Donald Trump.
Hace apenas unos días anunció que Irán había solicitado una reunión en Doha para avanzar hacia un nuevo entendimiento. Sus representantes viajaron a Qatar convencidos de que encontrarían una contraparte iraní. Sin embargo, Teherán negó que hubiera habido una reunión bilateral en los términos anunciados por Washington. Mientras Estados Unidos hablaba de un nuevo paso hacia la paz, Irán sostenía públicamente una versión distinta. Washington acusó a Irán de incumplir; Irán respondió con la misma acusación. Cada parte construyó su propia versión de los hechos y el mundo observó, con creciente perplejidad, cómo la confianza se desvanecía. El episodio dejó una pregunta inevitable: ¿a quién creer?
No es la primera vez que la palabra de Washington se estrella contra los hechos. En febrero de 2003, el secretario Colin Powell presentó ante el Consejo de Seguridad pruebas de que Irak poseía armas de destrucción masiva. Mostró fotografías satelitales, citó fuentes de inteligencia, construyó un caso que parecía irrefutable. El mundo le creyó. Las armas nunca aparecieron. Powell reconoció años después que aquel día fue “una mancha” en su carrera. Trump no heredó una reputación intacta; la recibió ya dañada, y ha seguido desgastándola.
La historia recuerda la vieja fábula del pastor que repetía: “¡Ahí viene el lobo!”. Al principio todos corrieron a ayudarlo. Después dejaron de creerle. Cuando el lobo apareció de verdad, ya nadie respondió. La credibilidad no desaparece de golpe; se erosiona cada vez que las palabras dejan de corresponder con los hechos, cada vez que un acuerdo anunciado como definitivo resulta ser apenas una tregua precaria, cada vez que un cese al fuego se convierte en titular de una noche y en cenizas a la mañana siguiente.
Lo más grave es que la desconfianza ya no distingue entre adversarios y aliados. Europa rearmó y debate su autonomía estratégica. Corea del Sur discute abiertamente su programa nuclear. Arabia Saudita negocia acuerdos con China que hace una década habrían sido impensables. Cuando un socio no puede fiarse de la palabra de Washington, busca otros respaldos. La erosión de la credibilidad no debilita solo la relación con los enemigos; fractura primero la relación con los propios aliados. Y ese daño es, con frecuencia, el más difícil de reparar.
Ese mismo patrón reaparece en otros escenarios. Tras las elecciones en Colombia, Trump no solo respaldó al presidente electo Abelardo de la Espriella, sino que después se atribuyó públicamente ese resultado como un logro propio, presentando su apoyo como factor determinante del desenlace electoral. Más allá de la influencia real que haya podido tener, el episodio refleja una constante: la tendencia a situarse en el centro de los acontecimientos, como si bastara su voluntad para modificar la realidad y su palabra para reescribir la historia.
A ello se suma lo que resolvió la Suprema Corte. Al rechazar revisar la apelación de Trump en el caso promovido por la escritora E. Jean Carroll, dejó firme el veredicto civil que lo responsabilizó por abuso sexual y difamación. Los hechos denunciados se remontan a mediados de los años noventa; la resolución definitiva llegó casi tres décadas después. No es un episodio menor. Un hombre que durante décadas negó sistemáticamente hechos que un jurado consideró probados difícilmente puede invocar autoridad moral cuando el mundo cuestiona sus versiones de los acuerdos internacionales. La credibilidad es indivisible: no se puede mentir en privado y pretender ser creído en público.
No conviene atribuir todos los males del mundo a Donald Trump. Antes de él hubo otros presidentes estadounidenses que recurrieron a intervenciones militares, bloqueos y sanciones económicas. La diferencia es que Trump ha llevado la política del espectáculo a un extremo en el que el anuncio parece más importante que la realidad y la propaganda pretende sustituir a los hechos. La estrecha alianza entre Washington e Israel, que explica buena parte de las decisiones en Medio Oriente, tampoco puede sostenerse indefinidamente si pierde aquello que le da legitimidad ante el mundo: la confianza.
Los imperios no comienzan a declinar únicamente cuando pierden guerras. Empiezan a debilitarse cuando el mundo deja de creerles. La autoridad internacional no depende solo de la fuerza militar o del tamaño de la economía; depende, sobre todo, de la confianza que inspira la palabra de quienes gobiernan.
La crisis que hoy padece el mundo no es solamente militar ni diplomática. Es, antes que nada, una crisis de credibilidad. Y cuando un gobernante deja de ser creíble, descubre que el poder tiene un límite que ningún ejército puede superar: el momento en que el mundo deja de creer en su palabra.


