
Cuando era niñe amaba las películas románticas donde las protagonistas siempre eran rescatadas por un príncipe azul. Me identificaba con ellas; soñaba con vestidos, finales felices y esa promesa de que, algún día, alguien aparecería para cambiar mi vida. Durante mucho tiempo pensé que mi historia seguiría ese mismo camino y que un hombre llegaría para salvarme de mis inseguridades, de mis miedos y de todo aquello que me hacía sentir diferente. Pero la vida real rara vez se parece a los cuentos de hadas.
Cada mujer trans tiene una historia distinta. Venimos de contextos diferentes, tenemos experiencias únicas y enfrentamos retos particulares. Sin embargo, hay un tema que aparece con frecuencia en nuestras conversaciones: los hombres. Y quizá eso dice más sobre la sociedad en la que vivimos que sobre nosotras mismas.
La desinformación se ha encargado de alimentar múltiples estereotipos sobre las mujeres trans. Durante años se nos ha reducido a una fantasía sexual, a un fetiche o a una identidad incomprendida. Se habla de nuestros cuerpos más que de nuestros sueños, de nuestra vida amorosa más que de nuestros logros, y muchas veces se nos enseña que nuestro valor depende de qué tan deseables resultemos para los hombres.
No es extraño entonces que muchas crezcamos buscando validación masculina. Después de todo, vivimos en un mundo que constantemente nos dice que ser amadas por un hombre es una especie de premio, una confirmación de nuestra feminidad o incluso de nuestra existencia. Aprendemos a perseguir mensajes, citas, promesas y relaciones que, en ocasiones, terminan lastimándonos más de lo que nos construyen.
Con el tiempo descubrí algo incómodo pero necesario: ningún hombre iba a salvarme. Ninguna relación podía resolver las inseguridades que yo no había trabajado ni llenar los vacíos que solo podían ser atendidos por mí misma. El amor puede acompañarnos, inspirarnos y hacernos crecer, pero no debería convertirse en la medida de nuestro valor.
Quizá por eso muchas mujeres trans compartimos historias similares. No porque seamos iguales, sino porque hemos sido expuestas a las mismas narrativas. Nos enseñaron a esperar un príncipe azul cuando, en realidad, el verdadero reto era aprender a reconocernos, construirnos y elegirnos a nosotras mismas.
Hoy sigo creyendo en el amor, pero ya no lo veo como un rescate. Lo veo como un encuentro entre dos personas completas. Porque la persona que terminó salvándome de mis miedos, de mis dudas y de mis expectativas irreales no fue un príncipe azul. Fui yo.


