
Escribo estas líneas abrazando la memoria y la voz de cientos de historias que han cruzado mi camino. A mis 43 años, tras haber recorrido diversas trincheras como psicóloga y defensora de derechos humanos, y actualmente con la encomienda de coordinar esfuerzos en una de las estrategias prioritarias y de mayor impacto nacional para las mujeres la atención a las violencias y el fortalecimiento de su autonomía, miro el presente con una certeza inquebrantable: trabajar con, para y por las mujeres no es una simple encomienda institucional; es, en el sentido más profundo, un pacto de vida y una apuesta colectiva por la dignidad humana.
Al asumir la responsabilidad de coordinar esfuerzos en programas como PAIMEF, PROABIM y PAIBIM, entendí que los números y presupuestos son inertes si no se humanizan. Detrás de cada expediente y de cada llamada de emergencia hay un rostro, un nombre y una vida fracturada que busca reconstruirse. Mi labor nunca ha sido la de una observadora distante, sino la de una aliada que camina al lado de las mujeres, tejiendo redes, dispuesta a sostener y a ser sostenida en los momentos de crisis.
La profesión de psicología me brindó valiosas herramientas, pero el trabajo en territorio y el contacto directo con las historias de mujeres, niñas y adolescentes me transformaron. En estos espacios aprendes que la contención emocional y los primeros auxilios psicológicos van más allá del protocolo. Significa validar el dolor de una mujer, madre o de una hija, mirar a los ojos a quien ha olvidado su valor y recordarle, con absoluta firmeza, que no está sola y que su voz importa.
Trabajar “con” las mujeres implica horizontalidad; escuchar activamente sus realidades sin verdades absolutas. Trabajar “para” ellas exige un compromiso ético donde los derechos humanos y la perspectiva de género sean pilares inamovibles. Y trabajar “por” las mujeres es abrazar una causa que nos trasciende, construyendo políticas públicas y redes de apoyo que permanecerán en el tiempo, asegurando un camino más seguro y justo para las niñas y las generaciones que vienen detrás.
En este andar, he constatado que el empoderamiento no es un proceso individual, sino un tejido comunitario. Cuando una mujer rompe el silencio y sana, abre el camino para que otras lo hagan; es un efecto multiplicador que transforma vidas. Las desigualdades estructurales son dolorosas, pero la capacidad de resiliencia, la solidaridad y sororidad atestiguadas en los centros de atención integral y en los círculos de reflexión superan cualquier obstáculo.
Hoy reafirmo mi vocación. Ser puente, refugio y aliada de mis compañeras es el mayor honor de mi vida. Esta columna es una invitación a seguir mirándonos con empatía, a tejer redes desde donde estemos y a recordar que la transformación social se construye todos los días, mano a mano, con la fuerza inmensa de nuestra dignidad compartida, con la fuerza de mirarnos.


