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jueves, febrero 19, 2026

Café Montaigne 383: La vejez, la mejor etapa de la vida

¿A dónde voy en el invierno, en el ocaso de mi vida? A ningún lado. Mejor, lo corrijo inmediatamente: voy a donde van los humanos, todos: a la muerte. ¿Siento temor, tengo miedo? Digo no, sólo me da curiosidad cómo va a ser encarar mi propia muerte. Es decir, tengo una cábala (entendida como tradición, sólo eso); es una jettatura (algo lo cual no cambia. Es una voz italiana, la cual en traducción directo al cristiano es: mal de ojo). Lo cuento hoy, aunque mis amigos cercanos y familiares lo saben: nunca voy al funeral de nadie. Absolutamente de nadie.

Es decir, muy a pesar mío voy a ir a mi propio funeral; no puedo invitar a nadie. Tengo y debo de ir yo mismo. Nadie más. ¿Para qué ir a un funeral si esa persona ya está bien muerta? ¿No será mejor verla en vida y tirarle la mano si algo necesita? ¿A dónde voy entonces en el invierno de mi patética vida? A la muerte. Sin duda. Como todos. ¿Qué hacer antes? Vivir. Hago mío el aforismo lapidario de don Gerardo Blanco Guerra, el hombre el cual más sabe sobre derecho electoral y político en el norte de México. Su frase célebre es la siguiente: hay que irse de la tierra con la vida muy raspada, las cuentas del banco vacías y ligeros de equipaje. Le creo.

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Y lo anterior y no otra cosa es justo mi vida hoy: la güera Jazmín, ingratos 23 años y a punto de cumplir 24, me ha escogido como trofeo de guerra, no yo a ella. ¿Se divierte conmigo? Sin duda. ¿Me ama y me quiere? Caray, a quién le importa. A mí, en lo absoluto. Tengo 60 años muy raspados y, si llego vivo, este 1 de marzo arribo pleno y viejo a los 61 años sobre la tierra. ¿Son muchos o pocos? ¿Con respecto a qué o a quién? Sencillamente, estoy viejo y lo disfruto.

Lea lo siguiente, por favor, señor lector: los hados de los libros y la vida misma me están acercando mucha literatura y vivencias sobre este periodo de mi vida –el cual, repito, lo estoy disfrutando a mares–. No entiendo lo siguiente: ¿para qué vivir más, para qué diablos alargar la vida todo jodido y enfermo? Se alargan los años, pero enfermo. ¿Sabe usted cuál es la tragedia de los vampiros, de existir, claro? Se avinagran en su vida eterna y se amargan hoy con su celular en la mano haciendo scroll y visitando lugares donde hay gimnasia y vitaminas, no sangre humana, ¡puf! Esta es la tierra hoy en día: la estupidez, la afasia, la nada.

Lea lo siguiente: “En la boyante y creciente industria de la longevidad se cuela un término que, si bien podría parecer ciencia ficción, es mucho más natural y lógico. Hablamos del ‘biohacking’, que resumido en pocas palabras significa optimizar nuestro cuerpo para, de alguna manera, poner en situación comprometida su proceso natural de envejecimiento…”. ¿Usted entendió algo, estimado lector? Va otro párrafo del reportaje de la revista Vogue del año pasado: “Los entrenamientos de HIIT, los ejercicios de fuerza isométrica y los compuestos ayudan a aumentar la masa ósea y muscular e, incluso, a mejorar las conexiones neuronales. Todo esto tiene un impacto profundo en la reversión de la edad biológica”.

ESQUINA-BAJAN

Hablo por mí mismo: no entendí ni una puta chingada. ¿Ser eternos? Caray, ¿a quién jodidos se le ocurre semejante engañifa? ¿No sería mejor envejecer con dignidad, elegancia milimétrica y arañarse mejor la vida? Insisto: siempre quise ser viejo como mi padre, el sastre José Cedillo Rivera. Hoy, al parecer, ya lo soy. Vaya, lo imito. Mi padre jamás salía a la calle si no llevaba su camisa blanca con puños y cuello almidonados, su pantalón oscuro de casimir y raya perfecta en medio y, claro, sin faltar su saco, su blazer perfectamente planchado. ¿Pañuelo conmovedor en su solapa? Siempre.

Trato de imitar torpemente su estilo desde joven y hasta el día de hoy. Pero, al parecer, estoy fuera de moda. Lo de hoy es: los viejos y los jóvenes se visten igual; usan calzones largos todo el día: piyamas o pants; usan playeras, con las cuales no pocas veces durmieron; usan tenis sin lavar y pocas veces se bañan en la semana. ¿Es lo de hoy? Lo respeto. No es lo mío. Jamás.

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Lea lo siguiente, ojalá usted entienda algo, yo ni madres: “(para no ser viejo, para retrasar el envejecimiento y ser un jovenazo por siempre, se necesita) La dieta debe de ser rica en fitonutrientes y antioxidantes como las vitaminas E, C y A y con aportes adecuados de grasas saludables como el omega 3. Y baja en azúcares y sustancias proinflamatorias”. No, no es broma, es toda una saga de reportajes sobre la vejez (retrasarla) de la revista Vogue, fechada en febrero del año pasado. Me ha divertido mucho todo lo anterior. He leído todos los textos y los tengo profusamente anotados. De risa loca.

Un último párrafo, el cual debió haber escrito cualquier autor de ciencia ficción: “La sobreexposición a la luz azul suma años al contador de la edad biológica. Pero la luz infrarroja cercana ayuda a modular la inflamación, optimizar la mitocondria y prevenir la neurodegeneración…”. ¿Usted entendió algo? De pinches locos tanta recomendación para algo tan sencillo: asumir la vejez, la mejor etapa de la vida, sin duda. Al menos para mí. Su servidor, con esta parcela de vida, ha tenido y sobrado. ¿Ser eterno, tener otra vida perenne? Caray, ¿a quién jodidos se le ocurre semejante insensatez? Al punto: ¿Quién lo dijo? Al parecer, Honoré de Balzac: uno tiene la edad de la piel que acaricia…

LETRAS MINÚSCULAS

Jazmín tiene 24 años, y sí, cuando ella diga, me va a dejar. Esta patética historia de mi vejez continuará…

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