
Pongamos que llega usted a Bruselas en tren, que el día está soleado, y que decide ir caminando al Parque de Bruselas, que está a diez minutos.
Lo que verá en su recorrido es un buen resumen de las contradicciones de la Europa moderna.
La estación de trenes es el corazón del transporte público de la ciudad, un edificio antiguo y hermoso, pero un poco venido a menos para favorecer el ahorro y lo funcional. Una de los primeros cafés que verá es un Starbucks, donde hay gente de varias nacionalidades trabajando—algunos sirviendo el café, otros en computadores portátiles.
Al salir, se dará de bruces con indigentes, alguna manifestación política (esta vez fue sobre Palestina), oficinistas corriendo a juntas, y la sempiterna presencia en la ciudad de policías, todos conviviendo razonablemente en paz.
La primera parte del trayecto la hará por calles de adoquines llenas de edificios antiguos. A unos metros está la Gran Plaza, que en realidad es pequeña, pero fue construida en una época en las dimensiones eran diferentes, y que tiene otro Starbucks, varios bares tradicionales que venden cervezas belgas que ya se consiguen en todo el mundo, y tiendas de souvenirs donde uno encuentra desde waffles y chocolates hasta camisetas de Messi y el Inter de Miami.
Los adoquines dejan paso al asfalto, y los edificios antiguos empiezan a mezclarse con edificios de oficinas modernos, hasta llegar al Parque de Bruselas, que es precioso y está lleno de gente, algunos paseando y otros corriendo. En verano un kiosko pone sillas de playa para que la gente disfrute del ansiado sol. Enfrente está el Palacio Real, porque Bélgica es una democracia parlamentaria pero sigue siendo una monarquía federal, oxímoron que subsiste en varios países europeos.
Toda está zona está llena de bares y cafés, que atienden a locales, y a políticos y lobbyistas europeos que solo están de paso unos años. Ambos grupos viven de espaldas. Hay bastantes cafés hipsters, que venden lo mismo que cualquier café hipster en el mundo: sopa del día, quiches, sándwiches, huevos benedictos, bagels, y acai bowls, además de libros de diseño, arte, y turismo. Pero en Bruselas suelen estar decorados con imágenes de Tintín, un cómic del siglo pasado bastante racista, que refleja el colonialismo que enriqueció a Bélgica y sumió en la pobreza al Congo, Ruanda, y Burundi.
Si uno camina un poco más allá pasa por el museo Magritte, y llega a una terraza preciosa desde la cual se puede ver allá abajo el centro histórico que acabamos de cruzar. En verano los jóvenes se sientan en los escalones para charlar en paz, disfrutar del clima, tomar una cerveza, y ver la puesta del sol. Hace un par de años un chico africano estaba tocando la guitarra ahí, y todos estábamos escuchándolo y sintiéndonos bien. Meses más tarde me enteré de que, tras años viviendo en Bruselas, había cometido un error administrativo en su solicitud de residencia y lo habían deportado de vuelta a África, donde se sentía perdido sin su pareja, sus amigos, y su barrio.
Bruselas, pues, es esquizofrénica. En ella conviven pasado y presente, y las culturas valona (francesa) y flamenca (holandesa). Ahora mismo lleva desde las elecciones de junio del 2024 sin gobierno, porque sus partidos políticos no consiguen formar una mayoría.
Por todo lo que refleja, Bruselas es una digna capital de Europa.


