
Por Cynthia Miller-Idriss, Project Syndicate, 2025.
WASHINGTON, DC – El papel del género en el resurgimiento mundial del autoritarismo se trata a menudo como una idea tardía. Incluso cuando se reconoce, suele quedar subsumido en debates más amplios sobre tácticas autoritarias como la militarización, la desinformación y las burbujas de las redes sociales impulsadas por algoritmos.
Pero el género, la misoginia y el machismo no son preocupaciones secundarias para los autoritarios, especialmente para los populistas que han alcanzado el poder a través de procesos democráticos. Al contrario, forman parte integral de la búsqueda de riqueza, poder y control de estos movimientos. Desde las páginas de los periódicos tradicionales hasta los sonrientes podcasters, los agravios basados en el género funcionan ahora como una poderosa palanca para movilizar a audiencias, votantes y donantes, convenciéndoles de que cualquier cambio en las normas de género pone en peligro la estabilidad familiar, el orden moral e incluso la propia civilización.
Estas narrativas pueden entenderse como una reacción contra los recientes avances hacia la igualdad de género y una defensa de las antiguas normas patriarcales. A menudo se enmarcan en la preocupación occidental por el “borrado de la civilización” y la decadencia moral, invocando la religión para legitimar una jerarquía “natural” o impuesta por Dios de los roles de género.
En esta versión, la restauración ideal prometida por los líderes autoritarios se ve amenazada por una clase dirigente liberal desfasada y moralmente decadente, empeñada en desmantelar todo lo que es “bueno” y “correcto”. La solución consiste en lanzar una campaña implacable contra los derechos reproductivos, la atención sanitaria que afirme la identidad de género, la participación de atletas trans en los deportes, los programas escolares y los libros de la biblioteca en los que aparezcan personas LGBTQ+ o familias con padres del mismo sexo.
Objetivos atractivos
Argumentos de paja similares han ayudado a los partidos de extrema derecha de Occidente a ampliar su apoyo electoral y a aplicar políticas basadas en el chivo expiatorio de las mujeres y en la vigilancia de las normas de género. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, por ejemplo, eliminó los estudios de género como disciplina acreditada en las universidades de su país, tachándolos de ideología disfrazada de erudición académica. En el Reino Unido, el líder de Reform UK, Nigel Farage, ha elogiado al autodenominado misógino Andrew Tate, que aboga por la violencia contra las mujeres y se enfrenta a cargos pendientes por violación y trata de seres humanos, como defensor de la “cultura masculina” que empodera a los chicos “emasculados”.
En Estados Unidos, la retórica misógina y contraria a la comunidad LGBTQ+ ha sido durante mucho tiempo un elemento central de la personalidad política del presidente Donald Trump. Su campaña presidencial de 2024 avivó el sentimiento antitrans, con anuncios que decían: “Kamala es para ellos/ellas, Trump es para ti”. Desde que asumió el cargo, su administración ha tratado de restringir los derechos de las personas trans, desde limitar el acceso a la atención de afirmación de género hasta eliminar la opción de indicar la identidad de género en los pasaportes estadounidenses.
La militarización del género no se limita a Estados Unidos y Europa, ya que los líderes autoritarios de todo el mundo despliegan tácticas similares para subordinar a las mujeres y reforzar el control patriarcal. En Brasil, el expresidente Jair Bolsonaro montó una agresiva campaña contra la llamada “ideología de género”, que incluyó el desmantelamiento de las protecciones para las supervivientes de abusos domésticos. Y en Turquía, el presidente Recep Tayyip Erdoğan se retiró del Convenio de Estambul, el tratado europeo clave diseñado para proteger a las mujeres de la violencia de género.
El peligro es especialmente grave en África. La Ley contra la Homosexualidad de Uganda de 2023 es una de las leyes más duras del mundo contra el colectivo LGBTQ+, mientras que Kenia y varios otros países están avanzando en una legislación que criminalizaría las relaciones entre personas del mismo sexo en nombre de la “protección de la familia.”
Asia no es inmune a esta dinámica política. En particular, el ex presidente surcoreano Yoon Suk Yeol -destituido en abril tras un intento fallido de declarar la ley marcial- fue elegido en 2022 con un programa explícitamente antifeminista centrado en la abolición del Ministerio de Igualdad de Género y Familia.
Aunque los detalles varían de un país a otro, los líderes autoritarios siguen un guión sorprendentemente similar. Ya sea en África, Oriente Medio, Europa o Norteamérica, explotan los agravios basados en el género para galvanizar a los hombres jóvenes con promesas de restauración del dominio y consolidar el poder político. En este sentido, el desempoderamiento de las mujeres y de las comunidades LGBTQ+ no es un subproducto del resurgimiento autoritario actual, sino un componente clave de la campaña mundial para socavar la democracia.
La perdición de la democracia
Restringir los derechos de las mujeres y de las personas LGBTQ+ y reafirmar la dominación masculina es una de las formas más rápidas de reducir el número de personas que pueden votar, presentarse a elecciones, presionar y oponerse a los autoritarios y a sus programas. La pérdida de derechos, junto con una reacción cultural que contribuye a normalizar la retórica contraria a los derechos, empuja a las mujeres y a las personas LGBTQ+ a los márgenes del debate político. Como observó Geeta Rao Gupta, ex embajadora en Misión Especial de Estados Unidos para Cuestiones Mundiales de la Mujer, en la reciente Cumbre Women Moving Millions celebrada en Brooklyn: “Cuando las mujeres carecen de poder, las democracias se desmoronan”.


