Nativitas

Atesoro en la memoria de mi corazón mis navidades de niña, me saben a cacahuates, a tejocotes, a colación… Cierro los ojos y me traslado a un patio grande en el que había mucha gente, muchos chiquillos, adultos, un árbol grandote del que se amarraba una cuerda en la que se ponía la piñata y del techo de la casa más próxima un muchacho que la jalaba, la movía, la bajaba, la subía, y pasábamos a darle con un palo a la olla de barro cargada de fruta y dulces acompañados del “dale, dale, dale, no pierdas el ritmo porque si lo pierdes, pierdes el camino”. Ocho días de piñatas, de peregrinos, de pedir posada cargando con el pesebre hecho por las manos diestras de las mamás, unos con disfraz de pastores, otros de ángeles. “Ennnnnn… el nombre del cieeelo… os pido posaaada… pues no puede andaaaaar… miiiii… esposa amaaaaaada…”.

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