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domingo, febrero 15, 2026

11F: La ciencia como espejo: si las niñas no se ven, no se proyectan

A lo largo de la historia, la ciencia, concebida como espejo de la realidad, ha basado su desarrollo y aplicación en la objetividad y la neutralidad, considerándolas condiciones indispensables para su legitimación. Sin embargo, basta con observar quiénes han ocupado la mayoría de esos espacios para advertir que ese espejo “imparcial” ha reflejado predominantemente el rostro masculino.

Cuando lo femenino desarrolla ciencia, se percibe con asombro y como una presencia extraordinaria, sin reconocerse como pieza natural y necesaria del quehacer científico. Esta percepción es consecuencia de su histórica invisibilización, factor central que ha limitado su presencia.

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Esta ausencia no se debe a que las mujeres hayan elegido mantenerse al margen del conocimiento científico; por el contrario, históricamente han sido piezas clave, pero la narrativa científica ha decidido a quién reflejar y a quién omitir. Claros ejemplos de ello los constituyen Rosalind Franklin, cuya contribución para descubrir la estructura del ADN no fue reconocida, o Lise Meitner, pieza clave en el hallazgo de la fisión nuclear, igualmente sin reconocimiento oficial.

Sus logros no sólo fueron invisibilizados, sino que además se atribuyeron a hombres. Contribuyeron decisivamente a la ciencia, pero en su momento, la historia los borró de los relatos oficiales, un claro modelo de exclusión simbólica que decide qué voces reconoce y cuáles silencia.

Dicha exclusión simbólica no es menor. La forma en que se cuenta la ciencia influye, además, en la construcción de expectativas y proyectos de vida; las personas no aspiran a aquello que no logran imaginarse siendo. Por ello, cuando las niñas no encuentran su imagen en la ciencia, se limita su capacidad de concebirse en ese ámbito.

En reconocimiento a esta lastimosa realidad, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 11 de febrero como Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, con el principal propósito de promover la participación de mujeres y niñas en áreas científicas.

Más que una conmemoración meramente simbólica, esta fecha representa un llamado a revisar críticamente las condiciones que continúan reproduciendo desigualdades en este sentido. Nos invita a preguntarnos qué factores siguen limitando la participación de niñas y mujeres con igualdad de oportunidades y visibilidad en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM).

Lo anterior resulta especialmente relevante, ya que, a pesar de los avances alcanzados en las últimas décadas en materia de género, las brechas en áreas STEM persisten. Es cierto que el espejo ha comenzado a ampliarse, pero todavía devuelve una imagen incompleta. Así, mientras el reflejo siga mostrando mayoritariamente perfiles masculinos, la promesa de igualdad en la ciencia será todavía parcial.

En este escenario, las instituciones educativas adquieren un papel central. Las brechas no se originan en el ejercicio profesional, sino mucho antes: desde el aula. Es ahí donde se construyen las primeras ideas sobre quién puede pertenecer a la ciencia.

Un ejemplo de ello se encuentra en las referencias históricas presentes en las currículas educativas, uno de los primeros espacios en donde se advierte esta invisibilización: los avances científicos suelen narrarse en torno a figuras desde una visión androcéntrica, transmitiendo desde edad temprana quiénes son “legítimos” dentro de la ciencia.

Cuando generación tras generación las niñas encuentran escasos referentes femeninos, el mensaje es implícito, categórico: la ciencia no parece estar pensada para ellas. Aunque el espejo de la ciencia a veces refleja más exclusión que posibilidades, frente a ello, la educación tiene la posibilidad no sólo de diagnosticar dicha problemática, sino de transformarla.

Asumir esta tarea implica primeramente reconocer que la educación no es únicamente un espacio de transmisión de conocimientos, sino también de construcción simbólica. Corregir dicha invisibilización histórica de científicas supone reescribir el relato educativo para que el espejo refleje con mayor fidelidad la diversidad que siempre ha existido.

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Reconocer los liderazgos que han tenido las mujeres en la ciencia y evitar los estereotipos contribuirá a que niñas y niños comprendan que la autoridad intelectual no tiene género. Asimismo, construir esta nueva cultura educativa permitirá no sólo que las niñas estudien ciencia, sino que se imaginen ejerciéndola con seguridad y pertenencia.

En definitiva, cada 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, se nos recuerda que el reconocimiento de las niñas y mujeres en la ciencia funciona como un espejo que revela posibilidades; que la igualdad de género en la ciencia es una lucha que sigue pendiente; y que cuando las niñas logran verse en ella, la enriquecen, la transforman y la vuelven más completa.

Nos recuerda también que, si las niñas no se ven, difícilmente se proyectan…

La autora es Coordinadora de Proyectos de Educación de la Academia Interamericana de Derechos Humanos

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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